
Decir que la situación en oriente medio es complicada es una obviedad y un comodín. Desgraciadamente hablamos de una región del mundo en la que los conflictos, más o menos velados, son una constante. Y al hablar de conflictos no solo nos referimos a confrontaciones bélicas «clásicas», claro. Desde los tiempos de la guerra fría, aprendimos que no hace falta una declaración de guerra para que se sucedan las hostilidades. Y en los últimos años, las actividades de robo de datos, espionaje y sabotaje a través de la red de redes han cobrado una enorme importancia. La ciberguerra no requiere de casus belli, y declaración formal, se puede dar (y en realidad ha ocurrido) incluso entre aliados.
No es este, el de aliados, el caso que nos ocupa hoy, en esta ocasión hablamos de una rivalidad que viene de lejos y que, a día de hoy, es posiblemente la que mayor nivel de desequilibrio plantea en oriente medio. Me refiero, claro, al enfrentamiento entre Israel y la República de Irán, una guerra subsidiaria que no parece tener fin, en el que la beligerancia por ambas partes es más que notoria, y en el que la ciberguerra tiene un encaje perfecto, dado que además ambos estados no comparten fronteras.
Quizá recuerdes que hace algo más de dos meses te hablamos de un ciberataque a las instalaciones portuarias de Irán en el estrecho de Ormuz, una operación que, como ya se sospechaba, pocos días después se confirmó que tendría, como ejecutor, al gobierno israelí. Un ataque que, según los expertos, se produjo en respuesta a otra acción llevada a cabo en sentido inverso, es decir, un ciberataque de Irán a Israel en abril de este mismo año, en el que el régimen de Teherán intentó sabotear al menos dos redes rurales de distribución de agua en Israel, modificando la cantidad de cloro, con el fin de producir una intoxicación a todos sus consumidores y usuarios.
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