
Un smartphone (puede que dos), una tablet (también es posible que dos), ordenador portátil, smartwatch, quizá una pulsera cuantificadora… vivimos rodeados de dispositivos que necesitan, de manera regular, conectarse a la red eléctrica para recargar sus baterías y seguir prestándonos sus valiosas funciones en cualquier momento y lugar. Bueno, incluso algunos coches, y cabe esperar que sean más en el futuro, necesitan enchufes y cargadores con los que cargar las pilas, en este caso literalmente, para poder llevarnos allí dónde queramos. La movilidad es impensable sin baterías, y las baterías no habrían evolucionado tanto en los últimos años, de no ser por las necesidades de movilidad.
A la sombra de esta situación, se han producido desarrollos tecnológicos destinados a mejorar la capacidad y eficiencia de las baterías, así como para acortar los tiempos de carga. Así, los cargadores rápidos se han convertido en uno de los complementos más buscados por los usuarios. Ya sea para realizar largos desplazamientos por carretera en un vehículo eléctrico, o para devolver el móvil a la vida para unas horas en una parada rápida. Y aquí es dónde surge BadPower Attack,
Como seguramente ya sabrás, todos los cargadores en la actualidad cuentan con componentes electrónicos que, del mismo modo que en otras conexiones de este tipo, realizan una negociación para determinar las condiciones de la conexión. El problema, como suele ocurrir casi siempre, es que las primeras implementaciones de una nueva tecnología suelen ser, digamos, optimistas, es decir, que no contemplan las amenazas de seguridad y, por ello, no establecen sistemas para protegerse de las mismas. BadPower Attack se basa, precisamente, en eso.
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